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micro

¿Nos Lleva por 500? ¡¡Vamos al estadio¡¡.

Dicen que la astucia y audacia están permitidas, y en esta ocasión  la patudez también.-

Éramos como 15 y el pasaje  de la micro por la época fluctuaba entre los 100 o 150 pesos

En ese tiempo las calles de Arica y en especial las de la población 11 de Septiembre, estaban soleadas y desoladas. La maratón siestera en la ciudad estaba institucionalizada y era rasgo flameante de nuestra identidad. Claro que exageramos un poco y otro poco tenían que ver con la desesperanza económica y el abandono eterno del estado centralista, no había mucho que hacer.

Entonces, quisimos sacarnos el traje del aburrimiento y motivarnos en “cachetear el ocio con feroz pape”, ir al estadio era el consenso unánime y juvenil de piño solapado, y en una avivada tímida, alguien nos instó a reunir los esquivos pesos en la tradicional ‘’vaquita’’. El recaudo no fue muy generoso y para ser franco fue bastante mezquino, escuálido, miserable, sumamente cagado, pero aquello no sería obstáculo para que la muchachada sacara a relucir lo mejor de sí: esa mezcla de viveza y sinverguenzura, patudez y “carerrajismo” típico de nuestra gente cuando quiere conseguir algún objetivo; en este caso, intentar persuadir y convencer al chofer de la micro para aceptar una pequeña gran rebaja, una especie de condensación al cesante joven y de compensación moral y social para no gastarnos en otras yerbas las sucias monedas. Con 500 pesos y apelando con fe al buen hombre nos abalanzamos sobre una humilde micro que nos recibía austera, sencilla, vieja y chica la wea, la manivela para abrir la puerta era lo de mayor valor en ese mamarracho con ruedas, no sabíamos si era una micro o un iglú rodante, la carcajada burlesca y mal agradecida no cesaba y los pocos otros pasajeros que tenían la desdicha de ir en ella, gozaban de la creatividad humorística de la gallada.

Pero Dios castiga y no a palos, y cual boomerang Karmario o en buen lenguaje popular que reza “por la boca muere el pez”, tendríamos nuestro castigo: el andar de la micro se hizo pesado y lento, no faltó el cómico improvisado que vitoreó un ‘’ más rápido llego caminando’’ sacando la última fuerte risotada, ya que en ese momento lo que quedaba de micro quedó en panne. El silencio fue más ruidoso que cuando tu corazón escucha el NO  de la mina que te gusta. No tan solo fue el motor, si no las 2 ruedas delanteras que no aguantaron el peso, los saltos y el barullo de “los barra bravas de la patudez y del humor culpable”.

A todo esto, no recuerdo con quien jugaba Arica ese día, pero al estadio  llegamos, atrasados pero llegamos.

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